Durante mi última visita a La Paz he tenido ocasión de visitar el Museo Nacional de Arte, emplazado en un palacio del siglo XVIII de traza sobresaliente, no sólo en Bolivia, sino en toda la zona andina. El edificio que lo alberga fue hecho levantar por el abogado Francisco Tadeo Díez de Medina y Vidango, nacido en La Paz, en 1725, de la que fue alcalde  en dos oportunidades; es de cal y canto y  está  en el centro histórico. La obra se terminó en el año 1775 y ocupa una de las esquinas de la plaza Murillo, antigua Plaza Mayor. En la fachada destaca una logia con diez arcos, en tanto el acceso se hace por una gran portada de piedra que se eleva tres pisos, y está esculpida con motivos del estilo barroco mestizo En su interior se encuentra un patio rectangular, donde destaca otra hermosa portada de piedra, decorada con cuernos de la abundancia repletos de papaya y variada iconografía local.

El edificio, hoy museo, se cree que fue ocupado, a mediados del siglo XIX, por la familia Arana, y por eso se le conocía  como la "Casa de los Condes de Arana". Luego fue Hotel Gibert y más tarde Casino Español, pasando por otros dueños hasta que, en 1960, ya declarado Monumento Nacional, se adscribió al Ministerio de Educación. Entre 1961 y 1965, y gracias al empeño sucesivo del ministro José Fellman Velarde y el entonces concejal Hugo Banzer Suárez, luego presidente, se realizó la restauración y adaptación para destinarlo a su uso actual.

 Tuve la suerte de disponer de una magnifica guía para mi reposada visita, no sólo al hermoso edificio, sino a las colecciones de textiles de la época virreinal, pintura, escultura, muebles y artesanías, que permiten dar una visión panorámica, y muy didáctica, del desarrollo del arte en el país, llegando hasta nuestro días. El origen de la colección de arte virreinal se remonta hacia 1940, cuando Cecilio Guzmán de Rojas, director de la Escuela de Bellas Artes, inició la recuperación del patrimonio cultural prehispánico y colonial. Posteriormente, el Fondo ha crecido  con las donaciones de artistas, particulares e instituciones y con algunas obras decomisadas a quienes querían exportarlas clandestinamente. Fundamental ha sido, según me informan, la participación de los "Amigos del Museo"

La colección de pintura virreinal ofrece muestras desde  el siglo XVI, con obras llegadas de Europa, como tablas y cobres de la escuela flamenca. De ese tiempo, el museo dispone de un buen número, entre las que me interesaron particularmente la  " Adoración de los pastores", del manierista Pieter Aersten (1507-1575) y las planchas de cobre, con temas de la Circuncisión y la Inmaculada, atribuidas a Martín de Vos (1532-1603), uno de los últimos manieristas de Amberes que influyó mucho en el arte americano. Incluso, del taller de Rubens, se muestra el que parece ser un boceto de su "Última Comunión de San Francisco", y cuya obra final, pintada en 1619, se exhibe en el Real Museo de Bellas Artes de Amberes.

Entre otras muchas y significativas obras europeas, como español me emociona destacar una "Sagrada Familia", de Luca Cambiasso (1527-1586), pintor italiano que trabajó para Felipe II en El Escorial y un pequeño cobre de la escuela hispano flamenca de principios del XVII. Además del valor artístico, todo lo exhibido tiene un gran valor histórico, al formar parte de las primeras obras que llegaron al Nuevo Mundo en la zona andina, sirviendo de modelo e influencia en el arte local. En este aspecto es notorio el afán de los pintores, muchos de ellos religiosos profesos, de realizar cuadros que les ayudaran en su apostolado. Así la guía del museo me hacía notar cómo, al pasar el tiempo, el Espíritu Santo, tradicionalmente pintado como una paloma, en la nueva forma andina se fue variando y representando como una tercera figura humana, a fin de hacer más comprensible a los indios el misterio de la Trinidad. Es en el siglo XVIII cuando se produce el mayor número de trabajos dedicados a la población indígena y mestiza y aparecen en la pintura algunos mitos como el de la Pachamama, diosa de la tierra, que fuera identificada con la Virgen María, uniendo las culturas prehispánicas y la cristiana en un símbolo para ambas. Un ejemplo es la excepcional obra "Virgen Cerro".

 

El museo es eminentemente didáctico y sigue el curso de la historia del arte andino hasta nuestros días. Así puede advertirse cómo, hacia 1640, comienza la influencia del barroco español en el virreinato, especialmente con la importación  de obras de Zurbarán y otros. De esta nueva tendencia, se encuentra en el museo el lienzo la "Visión de la Cruz" del  español Francisco López de Castro, que trabaja en Charcas (hoy Departamento de La Paz) entre 1663 y 1684 en una serie de pinturas que recuerdan la obra de Murillo. Del barroco español surgen grandes maestros y dos importantes escuelas que se destacan por su estilo propio y amplia producción: La de Potosí y la  paceña o del Collao en la zona del Lago Titicaca.

La escuela potosina se relaciona con  Melchor Pérez Holguín, máximo pintor del virreinato durante el período 1660-1735. Su obra es considerada uno de los hitos de la pintura virreinal boliviana, predecesora de la pintura mestiza del siglo XVIII en Potosí.

De la escuela paceña o del Collao, nacida en la región del lago Titicaca hacia 1670-80, hay una buena muestra. Su principal figura es Leonardo Flores, pintor mestizo que se inspira en el Antiguo Testamento y es uno de los iniciadores del llamado estilo "mestizo". Su escuela se caracteriza por una profusión de joyas y telas amplias y aéreas en sus cuadros.

El paseo por el museo permite conocer también cómo surgió en la zona andina una nueva iconografía angélica. La más completa se halla en la iglesia de Calamarca (La Paz), en la que trabajó el anónimo Maestro de Calamarca, dejando un conjunto de ángeles jerarquías y arcángeles arcabuceros que se diferencia de la pintura occidental. Son ángeles cuyos ropajes y armas copian a los tercios españoles. De los exhibidos en el museo, destaca el Ángel arcabucero Asiel Timor Dei, una de las obras maestras de la pintura virreinal.

Otra importante escuela andina es la cuzqueña, que tuvo, durante los siglos XVII y XVIII. una gran producción. De esta escuela, enriquecen la colección del museo un San Miguel Arcángel y una Inmaculada del indio Diego Quispe Tito

La colección del siglo XIX, se caracteriza por el apogeo del retrato y cuenta con importantes ejemplos representativos de la nueva corriente neoclásica. Se ubican en el paso de siglo algunos lienzos entre las que se merece cita "El Cristo de Malta", firmada en 1785 por el pintor paceño Diego del Carpio, más conocido como retratista, y un "San José con el Niño", de Ambrosio de Villarroel que constituye buena muestra del academicismo de la escuela que se formó en Chuquisaca. Ya de pleno siglo son varios retratos de presidentes, como el de Adolfo Linares, y los de otros personajes importantes de la época.

En las salas de arte contemporáneo se reúnen, de la primera mitad del siglo XX, dos los pintores que, según la culta Licenciada que me guía, cambiarán el curso del arte boliviano: Cecilio Guzmán de Rojas y Arturo Borda. El primero, nacido en Potosí, es el mejor representante de la pintura indigenista. Igualmente se advierte a lo largo de la visita al museo que, a partir del año 1952, se produce un resurgimiento pictórico a lo largo de dos corrientes: los pintores sociales, identificados con los ideales políticos nacionalistas, que recurren generalmente a la pintura mural, representados por Alandia Pantoja en La Paz y Solón Romero con el grupo "Anteo", en Sucre, y formado por figuras de la pintura boliviana como Gil Imaná y Lorgio Vaca (el museo cuenta con obras de estos artistas); y los pintores denominados abstractos, que crearon una escuela nacional muy importante. Hay muestras de otro grupo que surge en los años sesenta y setenta, entre los que se encuentran Enrique Arnal, Luis Zilvetti y Ricardo Pérez Alcalá, y los hermanos Gustavo y Raúl Lara, que adoptan el realismo mágico a través de la máscara, las fantasías eróticas y el folklore. Una nueva generación es la de los críticos de la realidad, y no falta la obra de la última generación o "arte joven con nuevas propuestas".

Aparte de lo reseñado, el museo cuenta con una colección de Pintura Latinoamericana, iniciada en 1964 con la donación del norteamericano Joseph Cantor. Hay pintura de los cubanos Portocarrero y Cundo Bermúdez, del mexicano José Luis Cuevas  y de otros autores. Posteriormente se ha incrementado con obras de pintores brasileños como Portinari, Mabe, Volpi y Di Cavalcanti. El conjunto se amplía con la inclusión de obras de Pérez Celis, argentino, y de los peruanos Szyslo y Pimentel.